Siempre he dicho que tengo las mejores hermanas del mundo. Sin duda. Prueba de esto fue la sorpresa que me dieron hace unas semanas:
Aunque soy una persona limpia y ordenada hasta cierto punto, mi departamento a veces llega a niveles de suciedad poco aceptables. No se asuten, nunca dejo ropa tirada, siempre lavo los platos y mi cama no pasa de 2 minutos destendida después de que me levanto. Sin embargo trapeo poco, rara vez limpio la grasa de la estufa y escondo comida podrida en el congelador.
Pero el panorama de mi departamento cambió drásticamente un fin de semana que mis hermanas vinieron a Mexicali mientras yo no estaba. Consiguieron unas copias de las llaves, entraron e hicieron de las suyas sin decir una sola palabra.
Cuando regresé, encontré los siguientes cambios:
Un piso reluciente, un retrete impecable, la estufa como nueva, libreros y closets ordenados, el refrigerador limpio, sin restos de comida vieja y con una jarra de agua fría y mangos en almíbar frescos esperándome con una nota cariñosa y chistosa, escrita con ortografía perfecta a sabiendas de mi obsesión al respecto.
Ahora me cuesta trabajo romper con esa armonía de limpieza. Gracias por eso.
Las quiero a montones.


