22 de julio de 2008

Cuento en segunda persona

Despertaste y te diste cuenta que ya habían recorrido gran parte del camino. El paisaje ahora era más blanco y había unas casitas de colores al fondo. Ella llevaba más de una hora manejando, escuchando solamente las canciones de tu ipod.

¿Dónde estamos? - Preguntaste como si hubieras sido secuestrada.
Acabamos de pasar por Beaconsfield, ya casi llegamos – dijo con voz maternal.

Le diste un beso y te pusiste a ver el paisaje.

Pensaste que el pasado es como las montañas en la carretera; tardan en desaparecer porque están lejos, pero pueden dejarse atrás si el viaje es paralelo a ellas.

Soñé muchas veces con este momento – dijiste casi al aire.
Yo también – te respondió.

Te enamoró mucho cuando lo dijo. Era lejos de todo cuando más te gustaba estar con ella. Cuando más te gustaba estar contigo.

Llegaron.

Lo primero que hicieron fue entrar a un café, principalmente para ir al baño. Pensaste en hablar francés, pero no te sentías segura de tu pronunciación.

Pidieron café y bagels.

Are you tourists? – Preguntó el mesero con un acento poco comprensible.
Not anymore – Respondió ella.

Al salir, respiraron el aire más helado que jamás hubieran inhalado. Tus pulmones se abrieron, se vaciaron y se llenaron de algo nuevo.

La nieve te hizo sentir como una hoja en blanco. Te tomó de la mano y te sentiste libre.

Esta vez viajaste en paralelo.

15 de julio de 2008

C.P. Reséndiz y su barco de papel


Reséndiz era el contador de una compañía dedicada a la producción de gomitas.

Un día de lluvia, Reséndiz hizo un barco de papel.

Lo dobló igual que como lo hacía de niño, pues nunca aprendió a hacerlo de otra manera. Reséndiz era de los que se ataban los zapatos con un moño.

Cuando terminó, aprovechó su descanso de 5 minutos y en lugar de tomar café, salió al estacionamiento de la oficina para buscar un charquito de lluvia.

Encontró uno grande. Puso su barco sobre el agua dándole un empujoncito y lo vio navegar por unos segundos.

Pero el papel se mojó y el barco se hundió.

Reséndiz tomó el barquito y regresó a su escritorio. Lo arrugó y lo echó a la papelera. Cinco años de carrera lo hicieron hábil para aventar bolas de papel a distancia cuando los saldos no cuadraban.

Dejó de llover y había mucho trabajo por hacer, pero Reséndiz se sentía satisfecho cada vez que miraba el cesto de basura, porque sabía que al menos uno de esos papeles arrugados lo había hecho feliz.

*Foto del barquito por Enrique M.

3 de julio de 2008

Historia de un salero

Él es Romino.


Un día, su mamá le ordenó que rellenara el salero del comedor; pero esa vez Romino no encontraba sus lentes.

Así que lo llenó de azúcar.



Fue así como Clodio obtuvo un nuevo interior. Se sentía diferente; se sentía mejor.



Su percepción de la vida cambió por completo, pues se dio cuenta que el cuerpo es sólo un medio de transporte y que uno puede transportar en él el sabor que quiera.

Y a Clodio, el dulce le iba bien.

Pero fue poco lo que duró la emoción, pues al probar la sopa, la mamá de Romino notó un extraño sabor,-¡Esto no es sal!- gritó escupiendo su comida.



Inmediatamente tiró el azúcar a la basura y relleno el salero con lo que deber ser: con sal.

Clodio se decepcionó. Se enojó consigo mismo por iluso; por creer que podía ser diferente a lo que debe ser.



Se olvidó de todo, resignándose a una vida triste y salada. Pero con la esperanza de que un día Romino vuelva a perder sus lentes.